> Reseña: "La República Animal"

Reseña: "La República Animal"


La vida parece tan simple cuando jironeas por el centro de Lima. Esta vez el destino es el teatro de la Asociación de Artistas Aficionados. Para ser precisos, el objetivo: ver La República Animal, una reinterpretación de Rebelión en la Granja de George Orwell (animales que se rebelan contra un régimen que luego imitan). Y como vengo sosteniendo desde hace varios años, toda adaptación es una nueva creación. Así que al sentarse, a dejar la mente en blanco: o nos rompe las manos o nos decepciona.

El primer punto fuerte, y conmovedor, es el discurso del Padrillo frente a los animales de la granja ante su inminente muerte. Les advierte, de una manera sentida, que si no se rebelan habrá largas jornadas de trabajo y un camino interminable. Una propuesta que divide opiniones. Por supuesto, esto es política. Y nos pasa cada vez que creemos que una forma de gobierno puede suplir a otra: mejorar salud pública, educación, inyección económica al deporte y la cultura.

Nada es gratuito. Esta posición de los animales nace ante un vacío de poder. Se sienten olvidados, con hambre y sed, ante un Sr. Quispe (granjero) entregado completamente al licor. Y esas razones, básicas pero imperantes, los llevan a dar el golpe, para convertir, en un primer momento, un sistema de gobierno rudimentario donde los roles se van construyendo sobre la marcha.

Los cerdos Granizo (Miguel Agurto), Cleopatra (Valeria Arévalo) y Bocazas (Juan Carlos Díaz) van tomando el poder y organizando la granja para evitar la escasez de comida, la ingesta de licor y caer otra vez en los problemas recurrentes que tenían con el granjero, quien es expulsado luego de descubrir que sus animales habían despertado del letargo y encontrado razones para ponerse en su contra.

Cleopatra asciende al poder, a pesar de ser la segunda al mando (una clarísima referencia a Dina Boluarte, “la mamá de todos los peruanos”), mediante trampas y haciendo creer que Granizo era un confabulador desde el principio junto al Sr. Quispe, ex dueño de la granja. Los animales comienzan a beber licor, a negociar con humanos, a matarse entre ellos, a hacer todo lo que habían prohibido o, tal vez, escrito a lápiz: leyes modificables.

Los paralelismos están empleados con una genialidad a resaltar. El caos, el oportunismo, el utilitarismo político. Los discursos improvisados que se acomodan a cada contexto, esa deformada politiquería de promesas sobre promesas. Y hoy, a pesar de que el gobierno ya no está en manos de Dina, vemos todos los días cómo se pagan favores políticos desde Palacio. Cómo desconocidos(as) ven su patrimonio inflarse sin descanso. Asimismo, como se intenta manipular la verdad, donde todo lo que no está de la mano con el oficialismo es subversivo.

Otro punto fuerte es la muerte de Sansón (Luis Cárdenas Natteri), el caballo que quiere seguir trabajando hasta que su cuerpo, ya viejo, llega al límite y no puede ponerse de pie; cómo, ante la mirada de sus amigos, es supuestamente auxiliado y llevado por una camioneta al camal.

Una crítica a las decisiones políticas que influyen en la salud pública, donde uno tiene que pensar bien si quiere enfermarse, porque no hay cita hasta las próximas elecciones. Y, por otro lado, esa obsesión de ser siempre productivos: el hombre actual, mentalmente destruido, pero necesitado de sentir su valía partiéndose el lomo, para que luego de su jubilación, si es que llega a gozar de una, reciba una miserable suma por sus años de aporte a un sistema privado de pensiones que se ríe de todos los peruanos.

Finalmente, la Granja Animal se convierte en La República Animal: un gobierno nefasto donde no existe nada más importante que el poder por el poder. Donde hecha la ley, hecha la trampa. Y donde, ante la mirada de unos pocos, todavía vivos, si se quiere, la rebelión es solo un lejano recuerdo. Porque las cosas están como al inicio: subyugados por un poder que los aprieta hasta reventarlos. Donde jubilarse es una epifanía. ¿Nos suena familiar? ¿Entonces, esta es la vida?

La obra tiene un manejo de roles bien logrado, un coro de voces que acaricia el oído del espectador y usa el humor para hablar de temas que exigen un poco más de esfuerzo, pero que desde el arte siempre serán urgentes y necesarios.

Ha terminado. Había olvidado que podía aplaudir tan fuerte. Me voy contento.