El Festival de Artes Escénicas (FAE) nos lleva hasta el Teatro UPC de San Miguel, donde logramos llegar a tiempo a la función y colarnos entre la gran afluencia de público. La obra en cuestión: La bruma de Atacama, producida por la compañía franco-española-peruana La Siniestra y dirigida por Telmo Arévalo.
LA BRUMA DE ATACAMA
En un lugar del desierto de Atacama se encuentran Ludivine (Lucía Jiménez Alonso), una astrofísica, y Evaristo (Telmo Arévalo), un rescatista de alta montaña. Ella llega a instalarse a la espera de las piezas de un telescopio que extrañamente tienen una demora inusual (no pude evitar relacionarlo con El coronel no tiene quien le escriba). Ambas personas viven, a su manera, su búsqueda de una verdad, mientras el tiempo corre de distinta forma para los dos. El rescatista, con la esperanza de encontrar a alguien que busca hace años; y la científica, que carga con una enfermedad.
EXPERIENCIA
La obra, como espectáculo visual, es una joya. Emula esa visión subjetiva de una película por momentos. Esto la hace cercana, sentida, envolvente. Crea un diálogo con el espectador que va más allá de la historia que nos están contando. No me malentiendan, el trabajo actoral cumple el rol de hilo conductor que atraviesa de un punto a otro; es importante, por supuesto. Tanto que hay un nivel de dependencia: sin uno no podríamos disfrutar del otro. Y lo que es mejor, cuando la actuación y esta experiencia visual se unen: ¡mierda! Seguro la ciencia debe tener un nombre para esto. Lo digo desde algo tan simple como un punto de vista. Donde las proyecciones no entorpecen ni distraen el camino de la representación, sino que lo maximizan.
LA HISTORIA
Dos personas que al inicio parecen opuestos, pero que cada vez que vamos ahondando en los personajes vamos encontrando estas coincidencias. Tanto Ludivine como Evaristo viven su propia búsqueda; es ahí donde creo que más empatizo. Ese porqué por el cual caminamos, corremos, sudamos; objetivos que muchas veces parecen estar al alcance de la mano, que todos celebran en la foto final, en el podio, levantando algún trofeo. La obra muestra esa espera incómoda, ese trayecto que muchas veces ocultamos intencionalmente.
SENSACIONES
Por si no quedó claro, La bruma de Atacama no es solo una obra, es una experiencia inmersiva, y a través de ella cuenta una historia (de lo más sentida). Nos acerca eso que está muy lejos y nos aleja, por momentos, de eso que tenemos cerca. Esto me lleva a pensar que cuando se habla de un gran espectáculo, esto no siempre refiere a una gran cantidad de efectos, un elenco numeroso, mucho menos a un diálogo complejo. He caído en esta función de casualidad. Y mientras escribo estas líneas creo reafirmarlo. Qué gran casualidad.
