La adaptación de El Rinoceronte, presentada en el Teatro Barranco bajo la dirección de Daniel Flores Farias, revisita el clásico de Eugène Ionesco —una de las obras más emblemáticas del teatro del absurdo— con un pulso contemporáneo y una mirada local que dialoga con la incertidumbre política del país.
La puesta es entretenida, rigurosa en su actuación y solvente en su ejecución. Destaca el trabajo coral del elenco, especialmente por su precisión en el timing escénico, un aspecto clave cuando se construye comedia y crítica en varios lados del escenario.
El mejor momento de la obra está en su inicio y en el crescendo hacia el conflicto central: una combinación precisa de comedia y exceso de razonamiento. Sobresale el trabajo de Duncan Torres como Berenguer, quien encarna la resistencia de un hombre común —criticable, incluso decadente— que se niega a convertirse en otro más dentro de la masa uniforme. Su aparente debilidad y su apego al alcohol como refugio se transforman en la herramienta que lo mantiene fuera del contagio rinocerontal. En un entorno donde todos buscan parecer cuerdos, bellos y correctos, Berenguer encarna la fuerza de lo auténtico, de lo primitivo, de lo humano aplastado por la uniformidad hasta el final del tercer acto.
Si bien la obra es ágil en su desarrollo, su desenlace se percibe algo prolongado; podría resolverse en menos tiempo sin perder su potencia simbólica. Aun así, el rigor actoral de Torres, junto con un elenco sólido conformado por Alejandro Pastor, Santiago Torres, Simon Vasquez, Duncan Torres, Valentina Zelada, Josué Mera y Alé Arévalo.
Hoy, cuando el país enfrenta una nueva crisis política tras la vacancia de Dina Boluarte, la lectura de El Rinoceronte cobra renovada vigencia. La obra, que originalmente criticaba el totalitarismo y la complacencia social en la Europa de posguerra, resuena ahora en el Perú: nos recuerda que la impaciencia, los porqués sin acción y la crítica sin ejecución solo conducen al caos.
Flores Farias rescata así una pulsión política del absurdo: una invitación a hacer más y explicarse menos. Dejemos de buscar sentido en un sistema estatal que funciona precisamente por su absurda falta de lógica. Finalmente, no podemos cerrar esta nota sin mencionar el gran trabajo de la dirección de movimiento que estuvo a cargo de Josué Mera.
Ahora sí, es todo.
